croquis mental

Nada. Eso mismo.

abril 04, 2008

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Cuando se despertó, Carolina sintió la necesidad de torcer, mínimamente, cierto orden de las cosas. Al prepararse el desayuno, prefirió no servirse la leche junto al café, y tomando la jarra fue al baño y la tiró en el inodoro. El café estaba frío y muy dulce; cuando lo terminó, puso la taza sobre la túnica blanca y dándole dos golpes secos, esperó que la borra eligiese cómo dibujarse en la tela. Salió de su casa, y cuando llegó a la esquina, dejó pasar el ómnibus repleto de somnolencia y tedio, y llevándose los dedos a la boca, silbó tan fuerte que el bizcochero que pasaba con su canasta en bicicleta, se dio vuelta y cruzándose de senda, deteniendo el tránsito, dejó que ella subiera al cuadro de su bicicleta, mientras Doña María se persignaba junto al verdulero que sujetaba su tabaco de colmillo. Al llegar al colegio, se despidió del bizcochero con un apretón de nariz, y éste sacó de su canasta una galleta alta, le dio la parte dulce, el resto lo puso bajo su gorra blanca y se fue silbando La mala reputación, al tiempo que masticaba una galleta de avena.
Nos han comentado que la conmemoración del acto fue un tanto tragicómica. En el patio esperaban los niños, las maestras, y la sempiterna directora, armada con su campanita disciplinaria. Al primer campanillazo, con mucha rapidez, todos los alumnos se colocaron en filas frente a sus respectivas maestras y procedieron a tomar distancia entre sí. Cuando Carolina entró, atrasada, la directora la miró interrogativamente, mientras señalaba el obsceno manchón que decoraba su túnica. Sin hacerle caso, llamó a sus alumnos y les habló en voz baja. El resto de las clases fueron entrando al oscuro salón de actos, mientras los abanderados probaban cuánto tiempo podrían soportar con las astas de pino en alto.
En vez de que los niños se pusieran en fila, tomando la distancia extendiendo su brazo derecho hasta tocar el hombro del compañero que estaba adelante, Carolina les sugirió tomar la distancia de un beso y un abrazo, y así los niños entraron arremolinados, algunos con sus labios apoyados en las mejillas de sus compañeros, unidos como siameses, despertando la carcajada de los pequeños escuadrones vestidos impecablemente de blanco, y la desconfianza de las maestras más veteranas, que dejaban caer los brazos, como inertes, a los costados, esbozando una mueca de atribulación. Los padres, que antes aplaudieron la solemne entrada de los alumnos, empezaron a murmurar, y algunos, los menos proclives al espanto, hasta se dejaron sonreír unos instantes. Los niños, hasta entonces almidonados, perdieron la rectitud de su postura y en vez de cantarle a los próceres, cada uno, a pedido de Carolina, berreó sin ton ni son, la canción que más quisiera, mientras la académica profesora de música y canto, en vez de amorcillarse los dedos con la tapa del piano, ensayó una pequeña pieza propia de vaudeville, mientras Carolina bailaba sobre el pequeño entarimado. Algún detallista señaló que la joven maestra vestía su desnudez sólo con la túnica, lo cual escandalizó a los santurrones presentes que reclamaban a la directora por semejante desmán.
Por supuesto que esto desencadenó que una nueva maestra llegara al lugar, y que Carolina vendiera bizcochos. Algunos alumnos la recuerdan con cierto cariño y devoción, y cuando la veían pasar pregonando corazanes y galletas, le chiflaban fuerte y alto para que ella los saludase con un apretón de nariz, y les enseñara que no siempre era necesario guardarse lo dulce para el final.

marzo 28, 2008

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Conozco un sótano nuevo, sin mística, sin cosas ocultas, sin seres rastreros que recorran la oscuridad y amenacen con la sublevación y deseen alimentarse con los miedos. No es un sótano como el que pudo versificar Sylvia Plath, un sótano cómplice, un seno subterráneo en el cual se recogió fetalmente intentando desandar la existencia, vanamente -entonces-, y reunirse con la Madre-muerte que pudo haberla tentado en algún otro momento, en su infancia, cuando intentó penetrar el muro verde del mar en el momento que la tomaron y liberaron de la otra vida, marina, fantástica. Pero, en realidad, esa no era la muerte en sí; a la naturaleza, Sylvia, de una manera mística, deseó entregarse y la posibilidad le fue arrebatada. Quizá fue una primer muerte, si le fue negada la posibilidad de renacer entre sirenas. La segunda muerte habría sido definitiva, si no la hubiesen encontrado recostada, empastillada, en la oscuridad. Hubo una posterior, esta sí definitiva, claro.
Tampoco, el sótano que conozco, tiene que ver con los mundos subterráneos que Sabato describió tormentosamente en su obra. Corredores similares a los de Henri Bosco, que Bachelard cita y trae a cuento en la relación sótano-altillo.
En realidad es un sótano vacío, parcialmente inundado, con una escalera que es vestigio de otro lugar y época. Una escalera de madera que antes subía a un entrepiso en las alturas y ahora baja al pequeño submundo inútil. Existen algunos hilados de arañas que han bajado, hasta cierto punto, y sobrevivido en la oscura y nauseabunda humedad. En algún momento, el recinto guardó recuerdos que fueron devorados por vidas microscópicas. Documentos de otras épocas, de otras actividades, de otros momentos, que en el estrago y la desidia, fueron carcomidos, borroneados y dados a la muerte. Entonces, ese sótano, ahora que lo pienso, vivió como debía; siendo esto, nada más que sepultar en el olvido. Quizá en cierto tiempo fue como los otros. O intentó parecérseles.

En mi infancia no fue un sótano, sino un garaje. Un mundillo aparte, al que se entraba por una pequeña abertura en un delgado tabique que lo separaba del pasillo de entrada a la casa. Había un altillo, o algo similar, en el que se amontonaban trastos, cosas inservibles y artefactos extraños. En una funda de lona, podía verse una culata que sobresalía. Una carabina, de gran calibre, que, pudo suponerse, anduvo por la campaña en manos de partidarios de Saravia. De todas maneras, poco importa; otorguémosle una mística inmerecida.
No hay nada de interesante en esto, ni en el garaje ni en lo que de él escribo. Pero vale la pena decir que en algún momento de mi infancia, en verano, tarde a la noche, mi madre me llevó a orinar justo sobre el comienzo del jardín cuando vi, y quedé petrificado, una araña enorme, de patas delgadas, que apenas se movía en el rincón superior de la entrada al garaje. Mi padre apareció, ante el llamado, y sin mediar palabra, se sacó la alpargata, la revoleó y fue a darle al lugar en donde la araña estaba posada. Buscó en el piso, en la alpargata, en lo poco que se veía de la entrada oscura, cualquier rastro de cadáver, pero el bicho pareció esfumarse o penetrar a ese mundo paralelo y tenebroso que tantos desechos guardaba. Mi padre, enojado; mi madre, sorprendida; y yo, asustado, temiendo la posibilidad de que la araña me hubiese saltado justo entre las piernas en el momento en que orinaba. Supongo que si algo freudiano pudiera decirse de este recuerdo, algunas cosas podrían explicarse.

marzo 15, 2008

En tono (desencanto juvenil)

Sí, lo bautizaron siendo una criatura de meses. Hay fotos que lo demuestran, sostenido por padres o padrinos, (jóvenes, inexperientes, creyentes), envuelto en algo blanco -esas cosas en que los bebés, a pesar del llanto, parecen amortajados- sobre ese lavatorio que no sabe cómo se llama, mientras un cura de pelada notoria, lo unge, o algo así. Esas cosas, pasan.
Luego, con el pasar del tiempo, tuvo la desdicha de ir a un colegio de monjas, y en algún momento, cuando su cabeza funcionaba de otra manera, también le hicieron tomar la comunión, entrando por un corredor central, entre personas agrupadas a ambos lados de la marcha triunfal de los niños que entonan canciones absurdamente esperanzadoras. Algunas caras expectantes y dichosas; otras, aburridas, y también urgidas por el apuro de terminar y marcharse a la casa para comerse los ravioles del domingo, que, en semejante ocasión, tendrían la feliz adición de una picada previa, con longaniza, queso cuartirolo, maní sin cáscara, sin whisky nacional en lugar del etiquetado a colores, y tal vez un vino de mejor calidad durante el almuerzo, para festejarle la ocasión al pibe que se comió la santa oblea y volvióse hematófago por vez primera. Y, quizá, le tirarían alguna moneda para su secreta alcancía. Esas cosas, pasan.

Cuando les daban las clases de catequesis, les enseñaban cosas. Las historias, a veces, eran entretenidas. Pero alguna vez les metieron el miedo a la sombra. Esa sombra barbuda y nimbada, que los espiaba desde todos lados y atestiguaba su pecaminosa conducta. Hay niños que alguna vez pensaron que si se daban vuelta rápidamente, haciendo un ritual previo de distracciones y desinterés, podrían tomarle el manto a la sombra, tironearlo y descubrir si todo era cierto o los temores eran infundados. El esfuerzo era en vano, y el descreimiento llegaría con el tiempo. Esas cosas, pasan.

La capilla del colegio era grande y tenebrosa a los ojos del niño, como suele suceder -por esos lugares penumbrosos, con alegóricos vidrios de colores y casillas de madera con mosquiteros para las confesiones al cura de turno- cuando se es joven, pequeño, y el espacio intimida. Sí, en una época aparecía el cura, que hasta horas antes se mandaba semejante transfusión vitivinícola en vaso largo, para que los jóvenes pudieran dar cuenta de sus fechorías y serles otorgada la penitencia pertinente.
Lo importante es decir que si a esa capilla se accedía, casi por accidente, en la noche, cuando en el colegio se celebraba algún festival o acto, y las autoridades perdían de vista a los inquietos mocosos, todo niño sólo podía quedar paralizado ante la gigantesca nave sostenida por columnas que se perdían en la oscuridad. Súmele, lector, el temor adicional ante el rumor de que en dicho lugar, bajo los cimientos, o en un nicho en el muro, descansaban los restos de la fundadora, cuyo espíritu bien podría estar vagando, vaporosa e intimidante, por la noche, según la imaginación del niño. Esas cosas, pasan.

Aunque en realidad, todo el colegio, enorme, lleno de corredores vedados, era bastante misterioso. En esas ocasiones mencionadas, a la noche, durante las fiestas, algunos recorrían el piso superior, subiendo por una escalera que parecía no tener fin, guiándose más por la memorizada cuenta de escalones que por la iluminación prácticamente inexistente. Este piso no tenía mucho misterio, más allá de lo oscuro, pero ellos sabían que en cierto salón, pequeño y casi siempre cerrado con llave, existía una serie de objetos siniestros. Sabían que entre ellos, había un botellón que contenía una mano humana, cortada y conservada en un pestilente líquido, cuyo dueño bien pudo haber sido el más atroz villano jamás imaginado. En aquella época, habían visto en una película todo lo que era capaz de hacer una mano homicida, extraviada, arrancada por accidente, con tal de recuperar el lugar que le correspondía junto a su dueño, llevando a cabo una serie de crueles asesinatos en su largo camino de reencuentro. Sabían que al poner el oído sobre la puerta del salón, todo lo que escucharían, serían los desesperados intentos por girar el pestillo desde adentro. Esas cosas, pasan.

Después, cuando se pierde la fe, el temor y la imaginación, una serie de vagos asiste a la capilla, conteniendo las risas, tan sólo para ver cómo sus amigos se ofrecen para musicalizar, y modernizar, la misa desde la parte más alta de la capilla, ahí mismo donde se accede para tañer la campana. Se asiste a la celebración, cierta nochecita, para presenciar que esos actos son tan poco concurridos, que uno se pregunta si la fe de las personas se habría acabado, si en su lugar optaban por los cines y sus milagrosos pastores, o si el rebaño, plagado de ancianos que aún a tientas depositaban su confianza en la palabra divina, prefería escaparle al fresco de la noche otoñal. Es posible guardarse las palabras, tal vez porque no se las encuentra suficientes y oportunas, para atacar a los reidores que instantes atrás molestaban con murmullos, y ahora, por costumbre o temor, se persignan a escondidas, mirando de reojo al desconfiado incrédulo que está a su lado.
Por supuesto, cuando todo terminó, sólo querían recorrer lo que antes, por temido y vivido, había sido suyo, cuando una anciana se arrima trayendo una bandeja de torta y tazas de chocolate caliente, y sus palabras desaparecen, bocado tras bocado, sorbo tras sorbo, pensando que la panza caliente y repleta con amabilidad, puede más que la descarada opinión; y, así, bueno sería guardarse el recuerdo de los temores pasados y los corredores oscuros que tanto querían derrumbar.
Esas cosas, pasan.

febrero 28, 2008

Cosas que pasan

En cierta ocasión, soñé que debía apurarme para llegar a facultad. Esperé largo tiempo el ómnibus, en una esquina que no se correspondía con la realidad. Como se hacía tarde, opté por tomar un taxi, viejo y aparatoso, si mal no recuerdo. Quien lo manejaba -en algún punto del sueño así lo sentí-, era un escritor, tal vez célebre, con un rostro lleno de marcas, arrugas y penas. Le di la dirección que necesitaba, y emprendimos el viaje. Cuando el gran bulevar se trasnformó en una senda ancha como la vecina 9 de Julio -pero infinitamente más hermosa-, el tránsito prácticamente desapareció y poco metros por delante del vehículo, la calle se agrietó, el piso cedió por alguna razón, y pavoroso me sujeté del apoyabrazos de la puerta. El conductor, fuente de calma, no hizo ningún ademán, salvo mirar hacia atrás en el momento en que el taxi caía. El impacto no se sintió, y al bajar me econtré con un extraño submundo, oscuro, frío, plagado de estructuras geométricas retorcidas, en amplio sentido, y una multitud que corría, sin norte, esquivando piedras y autos. Por alguna razón, seguí a un par de personas que parecían haber encontrado un rumbo en la penumbra. Llegamos a una escalera de varios tramos, hecha de hormigón, fría, ancha, empinada. Algunas personas subían por ella, corriendo, desesperadas, en busca de la superficie. Mis pasos se perdieron, así como perdí a la gente que caminaba por delante. Al final de la escalera, había una pequeña puerta metálica. Sin dudar demasiado, abrí la puerta y salí al exterior. El cielo estaba débilmente iluminado, con ciertas manchas rojizas, como si haber subido la escalera me hubiese llevado una jornada entera. Supuse que era una terraza; el espacio era circular, el piso era de piedra oscura, y estaba delimitado por una serie de chapas metálicas oxidadas, rojizas, amarronadas. En una de ellas vi un agujero, del tamaño de un puño. Me acerqué, y al ver por él, descubrí una de las imágenes más bellas que jamás haya visto. El exterior, debajo de mi horizonte, era un vastísimo desierto de arenas calmas, tocadas por el resplandor del sol, que parecía, en ciertos lugares, cavar y encender sobre el suelo unas enormes fosas de fuego. En medio de ese paisaje, se erguía una imponente basílica, hermosamente construída, con infinitas bóvedas rojizas, y pináculos brillantes. Repito, jamás había visto algo tan hermoso., de una manera tan vívida, en un sueño. Lo fatal es que nunca pude salir de esa terraza circular, y a la par de mi impotencia, inversamente, decrecía la belleza de lo que veía. Sin embargo, desperté a un segundo sueño, en que un documental me mostraba cómo era posible hacer una mezcla homogénea de hormigón, con tal consistencia que, cagando a patadas el cono de Abrams, no descendía ni un centímetro.

Cinco años después del sueño, empecé a estudiar otra cosa.

febrero 27, 2008

Gremould

"Quizá, como dijo el Hacedor de Combray, basta tener por queridas a ciertas personas para que, estando cerca de ellas, se diga cualquier cosa completamente distinta a los propios pensamientos. No existe el inútil deseo de explicarlo, ni siquiera aclarando bajo cuáles circunstancias lo menciono. Pero sí podría decirse que algunas personas andan camuflando los sentimientos, las palabras, y se quedan como una cáscara parlante, vacíos de excusas; desvían la mirada, temen los abrazos, y huyen de la posible fragilidad, del derrumbre de su imágen, construída con dimes y diretes, ocultando la simple naturaleza de sus verdades, semienterradas en la honda fosa del discurso, mientras se talla en piedra fatua una suerte de vano epitafio. Querido amigo, sería peor quedarse sin nada y descubrir en su rostro la burla y la malicia.
Querido iluso, tanto es posible creer en fantasmas y masturbarse con ellos."

J. Gremould, "Apuntes vacíos".

febrero 14, 2008

Rockola

Esteee... yo qué sé, canciones que están buenas.

Porcupine Tree - Trains (CD: In Absentia, 2002)



Jeff Buckley- Hallelujah(Leonard Cohen)(CD: Grace, 1994)



The Gathering- Herbal Movement (CD: If_then_Else, 2000)


Leonard Cohen - The stranger song (CD: Sonngs of Leonard Cohen, 1967)

enero 31, 2008

Family Guy

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